jueves, 14 de agosto de 2014

El cuento: de los orígenes a la actualidad (8)

Edgar Alan Poe
 (Poe por otros) Rubén Darío: Adicciones y escritura

Adicto al opio, al láudano y al alcohol, fue este último el que le sirvió profundamente para evadir la realidad de lo que él sentía como una tragedia a la que pretendía conjurar con dosis extravagantes. Baudelaire decía que Poe “no bebía como un ansioso sino como un bárbaro”. El nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), el llamado príncipe de las letras castellanas, pensaba que algunas de las visiones oníricas de Poe pueden ser atribuidas al uso de altas dosis de alcohol.

“De allí su excesivo soñar (dice Rubén); mas los sueños eran en él una disposición natural e innata: vivía soñando. Así pudo escribir en "Berenice": "Las realidades del mundo me afectaban como visiones, y como visiones solamente, en tanto que las locas ideas del país de los sueños llegaban a ser, en cambio, no la materia de mi existencia de todos los días, sino en verdad mi única y entera existencia."

Pero también aclara Darío, que su escritura no era producto de las adicciones de las que era una víctima. “Poe mismo jamás escribía bajo el influjo del excitante. Él reproducía sus sueños pasadas las crisis. Y más de una vez señaló el peligro alcohólico, como enemigo de la meditación. Puso la enfermedad alcohólica —hoy reconocida como enfermedad por la ciencia médica— sobre todas las enfermedades. Tenía, ¡ay! por fuertes razones, morales y físicas, que recurrir a aquel modificador del ánimo y del pensamiento; y cuando volvía de la "gehenna", estaba pálido de sobrehumanos sufrimientos.”

Y el propio Rubén se extiende en explicaciones: “El sueño llega a presentarse estando el poeta despierto, pero después de alguna crisis etílica. Tal lo que narra, en cierta ocasión, el editor de una revista de ese tiempo, Mr. John Sartain: "... Después del té, como ya era de noche, se preparaba a salir, para ir, decía, a Schuijilkill. Le dije que con gusto le acompañaría y no hizo objeción alguna. Me habló de su deseo de que después de su muerte cuidase de que su retrato hecho por Osgood se lo diesen a su madre (Mrs. Clemm). Durante este inquietante y peligroso paseo en las tinieblas, sobre los bordes del alto estanque de Fairmount, se puso a hablar de visiones en una prisión: una joven, toda radiosa por sí misma, o por la atmósfera que la envolvía, le dirigía la palabra de lo alto de una torre de piedra almenada... En fin, después de haber dormido, recobró poco a poco conciencia y reconoció la ilusión de esas pesadillas."

Por su parte, los personajes de Poe viven entre el terror, el ensueño y la muerte de las formas más terribles. “En "Ligeia" un personaje dice: "En la exaltación de mis sueños de opio (pues yo estaba de ordinario sometido a la tiranía de ese veneno) pronunciaba su nombre en voz alta durante el silencio de las noches, o de día, en los refugios abrigados de los valles, como si, por la salvaje vehemencia, por la solemne pasión, por el devorante ardor de mi amor por la difunta, pudiese traerla al sendero que ella había abandonado —¡ah! ¿era, pues, para siempre?— sobre la tierra."

Rubén se pregunta si no era de su autor el sueño perpetuo de Arthur Gordon Pym: "Toda suerte de calamidades y de horrores me asaltaron. Entre otras atrocidades, me ahogaba hasta morir bajo enormes almohadas amontonadas por demonios del aspecto más horrible y más feroz. Inmensas serpientes me apretaban en sus enlazamientos y me miraban fijamente en pleno rostro con sus ojos horriblemente chispeantes. Después, desiertos ilimitados, cuya extrema soledad inspiraba el más punzante terror, se extendían hasta perderse de vista ante mí. Gigantescos troncos de árboles grisáceos y desnudos perfilaban sus columnatas infinitas tan lejos cuanto el ojo podía alcanzar; sus raíces se ocultaban bajo vastas charcas cuyas tristes aguas pasaban, inertes, terribles en su negrura intensa, y esos árboles extraños parecían dotados de una vitalidad humana, agitaban aquí y allá sus brazos de esqueletos y gritaban gracias a las aguas silenciosas en agrios acentos penetrantes de la más áspera agonía, de la más intensa desesperación."

"Mr. Valdemar" es otra pesadilla –dice Rubén Darío. “Es uno de esos escritos que los nerviosos no deben leer nunca de noche”. Igual estremecimiento provocan otros pasajes en "Entierro prematuro", "El pozo y el péndulo", "La máscara de la muerte roja". Aquí remarca RD: "El personaje era grande y descarnado, envuelto de la cabeza a los pies en los vestidos de la tumba. La máscara que ocultaba el rostro representaba tan bien la fisonomía de un cadáver rígido, que la observación más atenta hubiera difícilmente descubierto el artificio. Todo eso hubiera sido, sin embargo, tolerado, sino aprobado por esos alegres locos. Pero la máscara había llegado hasta adoptar el tipo de la Muerte Roja. Su vestido estaba untado de 'sangre', y su ancha frente, así como todos los rasgos de su cara estaban manchados de ese horror escarlata."

Y menciona a "El tonel del amontillado", "El demonio de la perversidad", "El corazón delator". El propio Poe explica: "pues el misterio es el mejor resorte del terror", "pues el horror es tanto más horrible a medida que es más vago, y el terror más terrible a medida que es más ambiguo". Lo más increíble, señalan sus críticos, es que un ser solitario y amargado, en las peores condiciones materiales, utilizara sus propias pesadillas, sus más oscuros temores, las supersticiones, el horror y el crimen para realizar obras “de tan imperecedera belleza”.


Roberto Brey